Cuando un individuo inflige daño corporal a otro de tal modo que resulta en su m uerte, llamamos al hecho homicidio; cuando el agresor sabía de antemano que la herida sería mortal, llamamos a su acción asesinato. Pero cuando la sociedad coloca a cientos de proletarios en tal posición que inevitablemente encuentran una muerte prematura y antinatural… cuando sabe que estos miles de víctimas han de perecer y permite sin embargo que tales condiciones persistan, su acción es asesinato con tanta certeza como el acto del individuo singula… ningún hombre ve al asesino… Pero sigue siendo un asesinato.
—Friedrich Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845)
La epidemia de ébola que en este momento asola la República Democrática del Congo (RDC) y Uganda es descrita habitualmente en la prensa como un desastre natural. Eso es una mistificación. 'Desastre natural', como la vieja expresión 'acto de Dios', es una fórmula de resignación que presenta como destino lo que en realidad es el resultado de decisiones, estructuras e intereses que pueden ser identificados y llevados a rendir cuentas.
La aparición de un agente patógeno procedente del mundo animal es, en primera instancia, un evento natural. Pero la ciencia moderna ha transformado la relación de la humanidad con tales eventos. Existen herramientas para detectar un brote en sus primeros días, rastrear y aislar su propagación y tratar a los infectados. Si un desbordamiento zoonótico se convierte en un foco contenido o en una catástrofe regional no es, por tanto, una cuestión de naturaleza sino de sociedad.
Las condiciones bajo las cuales tales desbordamientos ocurren son en sí mismas productos del desarrollo social: la irrupción de la extracción de recursos en ecosistemas aislados, la aceleración de la deforestación, la concentración de poblaciones desplazadas en asentamientos no planificados y, sobre todo, las perturbaciones del cambio climático. Un estudio de 2022 publicado en Nature proyecta que los cambios en los rangos de distribución animal impulsados por el clima cambiante y el uso del suelo generarán miles de nuevas oportunidades de transmisión viral entre especies en las próximas décadas, concentradas en Asia y África.
Los mismos avances tecnológicos que han hecho al mundo más peligroso también le han dado a la humanidad los medios para dominar esos peligros. Pero esa capacidad está atrapada dentro de un orden social anárquico, incapaz de utilizarla. Una economía globalmente integrada de inmenso poder productivo permanece fracturada en Estados nación rivales y subordinada a las ganancias de una oligarquía financiera que no puede ni planificar racionalmente ni actuar en el interés común.
Es en este preciso sentido que la profundización de la epidemia de ébola constituye un asesinato social. La muerte masiva que se despliega hoy en África central es el producto de crímenes tanto de acción como de omisión, cometidos por una clase dominante que poseía toda la capacidad para prevenirla y eligió desmantelar las defensas que se interponían en su camino.
Con más de 650 casos sospechosos, más de 150 muertes presuntas y el virus ya arraigado en las ciudades de Bunia, Goma y Kampala, el número de muertes prevenibles probablemente se elevará a miles, y posiblemente a decenas de miles, en los meses venideros. La cepa Bundibugyo que circula actualmente no tiene vacuna aprobada ni tratamiento específico, y en los dos brotes anteriores mató entre el 30 y el 50 por ciento de los infectados. Funcionarios de la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconocen que incluso una vacuna candidata se encuentra a seis o nueve meses de distancia.
El virus ha emergido en una región que ya soporta una de las más graves crisis humanitarias de la tierra. El Congo oriental ha sido devastado por más de 30 años de guerra, en los que han muerto más de 6 millones de personas, la gran mayoría por enfermedad y hambre. Más de 7 millones están desplazados internamente, muchos de ellos hacinados en campamentos sin agua potable ni saneamiento; unos 27 millones enfrentan hambre aguda. El cólera, el sarampión y la viruela símica circulan de forma continua. Estas son precisamente las condiciones en las que una fiebre hemorrágica se propaga. Jean Kaseya, director general del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de África (Africa CDC), dijo que estaba en 'modo de pánico' ante la ausencia de medicamentos, vacunas y equipos de protección, añadiendo sin rodeos: 'No tenemos fabricación de EPP.'
Ante este telón de fondo, la respuesta de la administración Trump ha sido una fusión de políticas nacionalistas y anticientíficas. Invocó la rara vez usada autoridad del Título 42 para prohibir el ingreso de personas que no sean ciudadanos estadounidenses que habían estado recientemente en la RDC, Uganda o Sudán del Sur, ordenando que todos los vuelos con destino a los EE. UU. que transportaran tales pasajeros fueran canalizados hacia un único aeropuerto. El miércoles, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por sus siglas en inglés) obligó a un vuelo de Air France de París a Detroit a desviarse a Montreal porque un solo pasajero congoleño, asintomático y sin representar ningún peligro, había abordado 'por error'. Dado que el ébola no puede propagarse sin síntomas, el desvío no fue una medida de salud pública sino un teatro chauvinista. La única contribución de Washington para combatir la epidemia en su fuente es un compromiso de aproximadamente 13 millones de dólares, una gota en comparación con lo que realmente se requiere.
Más fundamentalmente, durante los últimos 15 meses la administración Trump ha llevado a cabo una política de tierra quemada orientada a destruir los mismos programas que podrían haber detenido este brote en su origen. Desde enero de 2025, ha dado por terminado el programa STOP Spillover de 100 millones de dólares construido para detectar fiebres hemorrágicas precisamente en esta región, ha desmantelado la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, sigas en inglés), ha desarticulado las redes del PEPFAR (Plan de Emergencia del Presidente para el Alivio del SIDA) que formaban la columna vertebral de la vigilancia de enfermedades en África, se ha retirado de la OMS y le ha retirado su financiamiento, e impuso una orden de silencio que desconecta a los CDC de sus homólogos internacionales.
Cada una de estas medidas tuvo consecuencias inmediatas y letales sobre el terreno. Los laboratorios cerraron, el rastreo de contactos colapsó y el personal capacitado fue dispersado. El resultado fue que el virus circuló sin ser detectado en Ituri durante unas seis semanas. Esto es asesinato social en el sentido más exacto que Engels pretendía: muerte infligida no por una mano individual, sino por una clase dominante que mantiene a sabiendas las condiciones que lo garantizan.
Los crímenes de la administración Trump son solo los más recientes en más de un siglo de subyugación y saqueo imperialista. Bajo el rey belga Leopoldo II, unos 10 millones de congoleños murieron bajo un régimen de trabajo forzado y terror. Esas condiciones incubaron enfermedades epidémicas, incluida la cepa del VIH que los estudios genéticos rastrean hasta Kinshasa alrededor de 1920. En 1961, la CIA ayudó a maquinar el asesinato de Patrice Lumumba e instaló al dictador respaldado por los EE. UU., Mobutu Sese Seko, bajo cuyo mandato la infraestructura sanitaria del país quedó reducida a ruinas.
Las guerras que han azotado el Congo oriental desde 1996, impulsadas ahora por la milicia M23 respaldada por Ruanda, son luchas por el coltán y el oro de los Kivus e Ituri, el territorio preciso donde el ébola hace estragos ahora. Estos minerales, junto con el cobalto del sur, fluyen a través de las cadenas de suministro de las mayores corporaciones del mundo hacia los teléfonos inteligentes, portátiles y vehículos eléctricos de las economías avanzadas, enriqueciendo a conglomerados mineros como Glencore y los gigantes tecnológicos a los que abastecen. El 'Acuerdo de Washington' de la administración Trump, firmado el año pasado, fue un intento descarado de asegurar el acceso privilegiado de los EE. UU. a esta riqueza mineral, garantizado por los mismos círculos dirigentes que ahora se conforman con dejar morir a los trabajadores de la región.
Además, la catástrofe actual es la continuación de la pandemia de COVID-19 por otros medios. Mucho antes de esa pandemia, un neomalthusianismo había revivido entre amplias capas de la burguesía: la reformulación de los pobres como un exceso de carga para un planeta de 'capacidad' finita, una doctrina que trata la muerte masiva no como una catástrofe a evitar sino como una necesidad. La pandemia de COVID-19, que mató a más de 30 millones de personas en todo el mundo y ha dejado a más de 400 millones sufriendo de COVID persistente, normalizó de forma fascista y eugenésica las muertes masivas, que ahora encuentra expresión en la respuesta al ébola.
La lección central que extrajo la oligarquía financiera no fue cómo prevenir la próxima pandemia, sino cómo garantizar que nada —ninguna cuarentena ni movilización de recursos ni interrupción de la producción— pudiera afectar el flujo de ganancias.
Ningún sector del orden existente ofrece una salida. Toda la prensa burguesa conspira para presentar esto como un evento remoto y local, separándolo de la interconexión fundamental de la humanidad global y de las políticas fijadas en Washington y en las demás capitales imperialistas que lo produjeron.
La OMS, financieramente subordinada a las potencias imperialistas, ni siquiera puede nombrar al gobierno cuyos recortes han paralizado la respuesta mundial. En su discurso inaugural en la Asamblea Mundial de la Salud esta semana, el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, habló de 'recortes a la ayuda' en voz pasiva y de un mundo en que 'todos estamos en el mismo barco', como si no existieran divisiones de clase ni imperialismo. Cualesquiera que sean las intenciones de sus funcionarios, una institución que no puede identificar la fuente de la catástrofe no puede ser considerada de fiar para detenerla.
Las medidas necesarias para detener esta epidemia y prevenir la próxima pandemia no son ni misteriosas ni están fuera del alcance de la humanidad. Exigen la movilización inmediata de los recursos del mundo para implementar un programa de salud pública de emergencia:
- La restauración y ampliación masiva de la vigilancia global de enfermedades, comenzando por los programas que la administración Trump destruyó.
- El despliegue de personal médico, laboratorios y equipos de protección a la región afectada, bajo la dirección de quienes realizan el trabajo.
- El rápido desarrollo de vacunas y tratamientos gratuitos y seguros, distribuidos de manera equitativa a todas las personas de la región afectada. La terapia de anticuerpos MBP134, que ha demostrado ser eficaz contra el virus Bundibugyo y que es propiedad absoluta del gobierno de los EE. UU., debe ser liberada y sometida a ensayos para los pacientes congoleños y ugandeses, y no almacenada, como ocurre ahora, exclusivamente para 'estadounidenses de alto riesgo'.
- La expropiación de la inmensa riqueza acumulada por los conglomerados mineros y las corporaciones tecnológicas que se benefician del Congo, destinada a la construcción de infraestructura sanitaria moderna en toda la región.
No existe solución a este impasse dentro del marco del capitalismo y del sistema de Estados nación. Ninguna de estas medidas será llevada a cabo por los gobiernos imperialistas, las corporaciones ni las instituciones como la OMS, que les están subordinadas. Solo pueden ser conquistadas por la clase obrera internacional, movilizada independientemente de todo partido capitalista y de las burocracias sindicales, a través de sus propias organizaciones de lucha —comités de base que vinculen a los trabajadores más allá de todas las fronteras bajo la bandera de la Alianza Internacional Obrera de Comités de Base (AIO-CB).
La defensa de la sociedad global contra las pandemias y las enfermedades infecciosas requiere la organización racional e internacional de la producción y la investigación científica sobre la base de la necesidad humana, en lugar de la ganancia privada. Esto solo es posible mediante la unificación internacional de la clase obrera en la lucha por el socialismo mundial. La lucha contra el ébola, como la lucha contra toda enfermedad de la pobreza y la guerra, es inseparable de este programa revolucionario.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 23 de mayo de 2026)
